• El Intercambio, un éxito con mayúsculas

    23 Mar 2017

  • Nos hacemos eco de esta crítica de Adelardo Méndez Moya publicada en www.noticiasteatrales.es

    Un teatro de más de 450 localidades, lleno función tras función por un público que ríe a carcajadas, que interrumpe la acción con aplausos, que al concluir el espectáculo ovaciona puesto en pie y que, para postre, quiere volver a asistir a otra representación no se ve todos los días… Y es lo que sucede con este El Intercambio. Una sugerente y más que atractiva sorpresa que sube a los escenarios.

    Ignacio Nacho ha creado un texto humorístico per se, muy cómico y divertido. La acción se desarrolla de maravilla, sobre la base de reacciones y situaciones inesperadas o insólitas, combinadas con otras recurrentes, más predecibles –que, lejos de devaluar, aumentan validez a la propuesta, en parte por los contrastes y en parte por su oportunidad–. Un humor conceptual y de acto, más que físico (aunque este aspecto resulta también importante), que huye de lo grosero y del chiste fácil de trazo grueso. Un texto plagado de gags, de guiños, de acciones hilarantes en sí mismas, que se suceden sin solución de continuidad para conformar un espectáculo que, en palabras del autor para el programa de mano, “conecta con el público a través de la empatía/compasión que transmite la engorrosa coyuntura por la que transita el protagonista”. Coyuntura a la que no me referiré por no desvelar lo que no debo, pero que sorprende e induce a la risa a toda clase de espectador.

    La dirección de Juan José Afonso solo se puede calificar como extraordinaria. Todo el elenco, en general, transmite sensaciones estupendas. No hay choques, no hay estridencias. Afonso ha querido –y sabido— potenciar las virtudes del texto merced a las de cada uno de sus intérpretes, toda vez que el conjunto se verifica como mucho más que la suma de sus partes independientes. La dirección de escena es, como el texto, muy simple en apariencia… Apariencia que oculta ese buen quehacer cuyo resultado posibilita que el receptor perciba la función como un acto de “vida escénica”, es decir, con la naturalidad y la eficacia propia de la existencia real, sin perder la perspectiva de que asiste a un acto de arte teatral. Y eso no es nada fácil. Cabe destacar la excelente labor de Juan José Afonso en el aspecto concreto de la dirección de actores. El cuidado, la atención y el mimo con que, desde tan sabia dirección, se ha preparado cada uno de los personajes logra esa, llamémosle, “sinfonía teatral” a la que asistimos. Unos personajes que parecen fáciles pero que, con otro tratamiento, podrían resultar inverosímiles y sin ninguna convicción, aquí configuran una acción que se asume de forma automática y que discurre con estupenda fluidez.

    Nuestro protagonista lo encarna Gabino Diego, un actor que siempre despunta por su humor, por imprimir su sello y su personalidad en los personajes a los que dota de carne, voz y alma, por su capacidad de crear complicidad. Un actor que, por increíble que pueda parecer, siempre se supera a sí mismo, en permanente inquietud por evolucionar, en mejorar y no quedar etiquetado. Y en esta ocasión nos ofrece toda la gama de sentimientos y sensaciones posibles en un ejercicio de versatilidad magnífico. La acción, centrada en él, le conduce a polos opuestos, en el espectro de la actuación, en las diferentes tesituras que le obligan a reaccionar. En cierto modo, el personaje es un trasunto escénico del espectador, en tanto descubren al unísono todo lo que se nos desvela sobre las tablas. La naturalidad con que interpreta Gabino Diego resulta un ejemplo de maestría actoral, resaltado por el juego de contrarios a que lo somete la peripecia accional. El reto lo supera con matrícula.

    La vitalidad, la gracia, la frescura las encarna Teté Delgado. Toda simpatía, nos contagia el sentir de que no actúa, de que ella es así… ¡Y qué difícil es conseguirlo! (Que se lo pregunten a los miembros del Actor’s Studio.) Su personaje, como el de Gabino, se deja llevar por los acontecimientos que le suceden. Pero, al contrario que él –y por razones obvias, como se detectan sin la menor dificultad al asistir al espectáculo–, no se enfrenta a ellos. Los acepta, incluso los propicia y favorece. Como siempre, Teté realza los momentos festivos, incrementa el potencial humorístico de aquello en lo que interviene, a la vez que dota a sus personajes de cierto grado de ternura, con lo cual amplía su humanidad y poder de convicción.

    Rodrigo Poisón se revela como un primerísimo actor todoterreno. Su porte y aspecto físico ya de por sí podrían condicionar (y para bien) al intérprete. Pero su talento supera con creces esa mera condición. Cada frase, cada gesto, cada actitud funcionan a la perfección. En escena es un derroche de energía, de complicidad –con los compañeros y con el receptor–, de brillantez. Nunca cae en el tópico, en todo momento es inteligente en su interpretación, y combina a la perfección momentos extremos de humorismo delirante con contención máxima, incluso no carentes de intimismo y alguna pincelada de dramatismo. ¡Ah! Y es el único actor que hace doblete en el espectáculo.

    Su imponente humanidad (es muy grande, en todos los sentidos) no puede contener el talento y la versatilidad de Juanma Lara. En teatro, sobre todo, pero también en televisión, le hemos visto hacer de todo. Lo ha hecho todo, y todo bien, o aún mejor. O eso creíamos… Porque no, no lo habíamos visto todo. En este espectáculo nos regala un registro inédito en él, impactante y resuelto de la mejor de las maneras. No puedo anticipar nada del personaje, y reconozco que me encantaría, pero puedo afirmar sin temor a equivocarme que les sorprenderá, y de forma muy favorable. ¿Qué será lo próximo, Juanma?

    Natalia Roig e Ignacio Nacho completan, con solvencia y acierto, el reparto. Su intervención presenta un giro más de complicación a la trama. La interpretación de Natalia Roig nos parece muy efectiva, desenvuelta y desinhibida. La de Ignacio Nacho,  mucho menos verbal pero no presente, ofrece el contraste perfecto, por oposición. La inclusión de estos personajes añade gracia y diversión, plantea, aun de forma tangencial, una perspectiva algo diferente y, sobre todo, aumenta el número de carcajadas del público, que ya eran muchas.

    Se podría pensar: “A éste señor que hace la crítica, ¿le ha pagado la compañía?” Pues no. Intento exponer mis consideraciones y percepciones con total honestidad. Y voy a mencionar ahora el único “pero”, aquello que me no me ha terminado de convencer: el monólogo final, una especie de conciliación última, en mi modesta opinión, innecesaria y fuera de lugar. Mas hablo de un minuto y medio, en más de hora y media de diversión. Tampoco resulta decisiva ni menoscaba el conjunto para nada.

    La escenografía que apoya la acción, destacando ciertos momentos, se debe a Ana Garay, quien también ha diseñado el eficaz vestuario; la siempre interesante música de Ricky Vivar; y la iluminación de Carlos Alzueta completan la propuesta escénica. Por su parte, la producción del espectáculo corre a cargo de Nearco Producciones, Olympia Metropolitana y Cobre Producciones.

    En resumen, una fiesta de risas, de buen humor, de diversión, planteada y representada con generosidad y brillantez, llena de sorpresas y carcajadas, y que no deja sin cubrir exigencias ni satisfacciones. No se la pierdan. Disfrútenla.

     

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